
Hace unos días, una persona muy cercana a mí me compartió que su propósito para este nuevo año es consumir de manera más consciente en todos los aspectos de su vida. Ese comentario se me quedó dando vueltas y me hizo reflexionar profundamente.
Siento que uno de los problemas a los que nos estamos enfrentando individual y colectivamente es a la voracidad. Nuestros ojos y oídos consumen información constantemente, nuestros paladares tienen acceso a infinidad de estímulos, la digitalización hace que también estemos expuestos constantemente a imágenes, discursos y propuestas. Todo esto es parte de la realidad que nos tocó vivir en el tiempo de la historia que habitamos.
El tema es, ¿Qué hacemos con tanto? Si no prestamos atención y estamos dispersos, consumimos sin digerir y sin discriminación.
El problema de consumir de esta forma es que aquello que consumimos se hace parte de nosotros. Y, no todo lo que incorporamos nos nutre. Hay información, excesos, y hasta comida que nos intoxica.
En ocasiones dicha intoxicación es por la cantidad, y en otras es por la calidad. Para poder hacer este discernimiento, simplemente tenemos que poner atención para hacernos conscientes. Reconocer lo que nos suma vida o nos resta.
Desde esta consciencia podemos no solo digerir mejor, sino a veces contenernos para que algo que nos puede quitar la paz o hacer sentir mal, no pase a formar parte de nosotros.
No implica evasión ni bloqueo, somos permeables, pero si filtros que nos permiten decidir desde nuestro corazón aquello que dejamos que forme parte de lo que somos y aquello que decidimos dejar afuera.
Esta actitud es un tipo de libertad que nos permite construir el estado y la forma como queremos habitar nuestra propia vida.
Requiere entrenamiento, ya que en el tiempo que nos ha tocado vivir es mucho más fácil vivir desde la dispersión que desde la atención.